Archivos Mensuales: septiembre 2011

La era del cambio II. El jardín de tu infancia

     Tranquila, sentada en su mecedora de pino, observa a los dos pequeños corretear de un lado al otro del jardín. Tiene puesta la radio y se escucha música tranquila que llena el ambiente, pero que no logra mitigar los gritos y las risas,  de los más pequeños.

Descalzos, sobre la hierba, juegan al pilla-pilla. No tienen prisa por acabar, se diría que el objetivo no es ponerse como perseguidor, ó como perseguido, sino, simplemente estar allí, jugando. Se turnan, hacen que se enfadan, se vuelven a reír, y así entran en una espiral interminable que les lleva de un juego a otro.

Les observa, mitad atenta, mitad distraída, mitad seria, mitad embelesada por la facilidad con la que juegan los niños, ajenos de todos los problemas que hay alrededor. Piensa que cuando sean mayores ya no podrán jugar a esos juegos, estarán pendientes del pago de la  hipoteca, de la matrícula de los colegios, de los libros y cuadernos, de los uniformes y de las mil y una facturas que se acumulan mensualmente en su buzón. Y sin embargo, y después de un rato, sentada en su posición privilegiada del porche del jardín, goza mirando.

Por un segundo vuelve a ser la niña que en su día fue. Rememora los días del colegio, cuando las hermanas la reñían por hablar con sus compañeras en la clase, cuando tenía las piernas llenas de cardenales de tanto caerse y golpearse, cuando jugaba a la comba y saltaba hasta reventarse. Rememora aquellos días en los que los anhelos estaban a flor de piel, aquella época en que los sueños no eran imposibles  y en que la máxima preocupación era hacer los deberes antes de irse a cenar.

Magnificamos nuestro quehacer, lo hacemos difícil de solemnidad. Magnificamos los resultados, sean cuales sean, y si no son como lo que deseamos, entramos en depresión y en barrena, como el avión de papel que lanzamos desde la ventana al patio, como la mosca que tropieza con el cristal transparente, como la peonza mal lanzada…, se nos olvidó que hay borrador que borra boli, y que sino hay tippex, que lo tapa y lo arregla todo.

Se nos olvidó cómo divertirnos, aunque fuese a costa de hacernos un chichón. Se nos olvidó que si no sabemos jugar, se aprende cómo; se nos olvidó que era tan fácil como preguntar a otro niño si quiere jugar para dejar de estar solos; se nos olvidó que los deberes hay que hacerlos a tiempo, porque sino viene alguien y nos castiga y que la disciplina es buena porque crea hábitos saludables. Se nos olvidó que existe el respeto por la autoridad y por las personas en general, y que los modales son importantes porque son un reflejo de ese respeto y consideración; se nos olvidó que el faltar a la verdad conlleva más problemas que beneficios.

Se nos olvidó que no hemos dejado de ser niños, por el mero hecho de ser adultos

Sí, es verdad, nuestros juegos han cambiado, pero ¿por qué habría de cambiar nuestra actitud?

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La era del cambio I. La sociedad sin prejuicios

No hace demasiado tiempo que nuestro pensamiento sobre el mundo físico estaba basado en teorías geocentristas. En aquella época una de las hipótesis más extendida era creer que el Sol giraba a nuestro alrededor.

Pasaron muchos siglos antes de que Copérnico, aquél polaco que en el siglo XVI propuso la primera teoría heliocentrista, manifestara que no éramos el centro y el origen del Universo, sino tan sólo un planeta más girando alrededor de su astro rey.

Si bien las cosas en sí mismas no habían cambiado, el cambio de concepto, el convertirse de la noche al día en un minúsculo eslabón, en una pequeñísima parte del total, y dejar de ser el protagonista de todo el tinglao, causó una verdadera conmoción.

Quizás nuestro cerebro sea un tanto egoísta, y nos pone a nosotros en primera persona,  como centro de nuestra existencia. Es un concepto básico, primitivo, si me lo permiten, cargado de razones fundamentales, porque no hay nada más básico y fundamental que la supervivencia.

O es más probable que nuestro cerebro funcione así, “de fábrica” y rellene esos vacíos de información, esas lagunas insondables que tenemos al albergar una cuestión sin resolver, esos espacios de dudas que surgen cuando “tenemos algo entre manos”, con el contenido que más nos favorece, ó quién sabe si con el que más nos aterra.

Pero aunque nos hemos alejado lo suficiente de la época de los taparrabos, y ya vestimos más elegantes, nuestro mundo sigue siendo egocentrista y prejuicioso… será que hay cosas que nunca cambian… yo, sencillamente, creo que no

Todo evoluciona.

Deberíamos avanzar hacia un pensamiento vacío de prejuicios, deberíamos reprogramar nuestro modo de pensar, sacudirnos los tabúes, las malas experiencias del pasado, las enseñanzas rancias y caminar con alforjas más ligeras.

Quizás si dejáramos de pensar bajo las pautas dadas por un modelo basado en hipótesis a las que nos aferramos como si fueran tablas de salvación ó cimientos de nuestros pasos, podríamos no ya ser peatones de la vida, sino corredores de fórmula 1. Quizás las hipótesis no sean el problema sino el modo en que nos agarramos a ellas.

Quizás si actuáramos como si no tuviéramos nada aprendido, sorprendiéndonos de los acontecimientos como si fuera la primera vez en la vida que los viésemos, quizás y sólo entonces, encontraríamos fórmulas nuevas para resolver problemas viejos.

Quizás si le diéramos una repensada a esas hipótesis de trabajo, y las echáramos al cubo de la basura para que no nos condicionaran, quizás y sólo entonces, nos daríamos cuenta de que las cosas no eran como pensábamos.

Bienvenido a un mundo nuevo en el que todo cabe. Podemos ser tan grandes como lo que queramos ser.

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