La era del cambio II. El jardín de tu infancia

     Tranquila, sentada en su mecedora de pino, observa a los dos pequeños corretear de un lado al otro del jardín. Tiene puesta la radio y se escucha música tranquila que llena el ambiente, pero que no logra mitigar los gritos y las risas,  de los más pequeños.

Descalzos, sobre la hierba, juegan al pilla-pilla. No tienen prisa por acabar, se diría que el objetivo no es ponerse como perseguidor, ó como perseguido, sino, simplemente estar allí, jugando. Se turnan, hacen que se enfadan, se vuelven a reír, y así entran en una espiral interminable que les lleva de un juego a otro.

Les observa, mitad atenta, mitad distraída, mitad seria, mitad embelesada por la facilidad con la que juegan los niños, ajenos de todos los problemas que hay alrededor. Piensa que cuando sean mayores ya no podrán jugar a esos juegos, estarán pendientes del pago de la  hipoteca, de la matrícula de los colegios, de los libros y cuadernos, de los uniformes y de las mil y una facturas que se acumulan mensualmente en su buzón. Y sin embargo, y después de un rato, sentada en su posición privilegiada del porche del jardín, goza mirando.

Por un segundo vuelve a ser la niña que en su día fue. Rememora los días del colegio, cuando las hermanas la reñían por hablar con sus compañeras en la clase, cuando tenía las piernas llenas de cardenales de tanto caerse y golpearse, cuando jugaba a la comba y saltaba hasta reventarse. Rememora aquellos días en los que los anhelos estaban a flor de piel, aquella época en que los sueños no eran imposibles  y en que la máxima preocupación era hacer los deberes antes de irse a cenar.

Magnificamos nuestro quehacer, lo hacemos difícil de solemnidad. Magnificamos los resultados, sean cuales sean, y si no son como lo que deseamos, entramos en depresión y en barrena, como el avión de papel que lanzamos desde la ventana al patio, como la mosca que tropieza con el cristal transparente, como la peonza mal lanzada…, se nos olvidó que hay borrador que borra boli, y que sino hay tippex, que lo tapa y lo arregla todo.

Se nos olvidó cómo divertirnos, aunque fuese a costa de hacernos un chichón. Se nos olvidó que si no sabemos jugar, se aprende cómo; se nos olvidó que era tan fácil como preguntar a otro niño si quiere jugar para dejar de estar solos; se nos olvidó que los deberes hay que hacerlos a tiempo, porque sino viene alguien y nos castiga y que la disciplina es buena porque crea hábitos saludables. Se nos olvidó que existe el respeto por la autoridad y por las personas en general, y que los modales son importantes porque son un reflejo de ese respeto y consideración; se nos olvidó que el faltar a la verdad conlleva más problemas que beneficios.

Se nos olvidó que no hemos dejado de ser niños, por el mero hecho de ser adultos

Sí, es verdad, nuestros juegos han cambiado, pero ¿por qué habría de cambiar nuestra actitud?

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Acerca de marisoltabuyo

Ingeniera, Consultora, Profesora, estoy a mitad de camino de convertirme en Psicóloga. Soy una auténtica generadora de ideas, resolutiva, proactiva y me gusta escribir (yo me digo, pseudoescritora)

Publicado el septiembre 15, 2011 en Cuerpo, Economía, Reflexiones, Sociedad y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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