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Tiempo de soltar lastres

madurez

La madurez nos permite ser fuertes, elimina las debilidades propias de cuando somos vulnerables (en nuestra etapa infantil)

Se denomina evolución, crecimiento, desarrollo, madurez, etc… algo que no está al alcance de todo el mundo, sino de quienes decididamente tienen la voluntad de aprender, con cada paso, con cada experiencia, con cada evento de sus vidas, sea positivo o negativo, oiga.

La evolución requiere de voluntad, aunque esa voluntad sea a veces testaruda, y difícil de domar y tengamos la voluntad de buscar lo más pernicioso para uno mismo.

Somos seres llenos de esquemas mentales, que están fijados tozudamente en nuestras memorias para “ayudarnos” en la actuación del día a día. Son eficaces siempre y cuando no nos generen más problemas de los que tenemos, en estos casos, son un auténtico veneno si se han fijado, yo diría que enquistado, para darnos una dosis adicional de sufrimiento.

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Un esquema mental no es otra cosa que un conjunto de información (emocional y no emocional) ordenada a la que se accede por asociación con un estímulo

Sí, somos así de complejos. A veces actuamos en contra de nosotros mismos. Y esos esquemas mentales, que fueron diseñados para aligerarnos la vida y para automatizar algunos procesos, a veces son un auténtico calvario, ya que nos llenan de sentimientos de tristeza, rabia o apatía.

Hoy hablamos de las relaciones humanas.

Aprendemos casi todo de tal forma que conseguimos automatizarlo. Sin embargo, en lo que respecta a las relaciones humanas, a veces lo que aprendemos son esquemas erróneos que luego repetimos sin cesar, una y otra vez, no sólo con las personas que los generaron sino con otras diferentes, pues son esquemas que generan un patrón habitual de conducta, una forma típica de comportarnos con el prójimo

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La actitud hostil es una de las más características de las personas resentidas

Las relaciones humanas, están guiadas por una conducta “de base”. Esta conducta de base, es la actitud que muestra la persona a la hora de interpretar a sus congéneres.  La actitud no sólo conlleva unos prejuicios (esquemas prefijados) sino que también conlleva unas emociones. De esta manera, podemos encontrar personas recelosas y con emociones de inquietud (miedo) a la hora de enfrentarse a nuevas relaciones. Otras, sin embargo, se muestran aparentemente con una actitud abierta y cordial, con emociones de calma y serenidad a la hora de enfrentarse a las relaciones humanas. Hay muchos más patrones de conducta, sólo es cuestión de analizar cuál es el que corresponde a cada uno.

También, por otro lado, disponemos de actitudes diferenciales con cada una de las personas con las que tratamos, según haya sido nuestra experiencia personal con cada una de ellas.

De esta manera, y poniendo un ejemplo extremo, una vez que se ha establecido la relación entre dos personas, es probable que, por el propio roce, se hayan creado “diferencias”. Estas diferencias, que no sólo pueden ser de opinión, sino de ofensa (intelectual o física), generan emociones (entremezcladas en los esquemas mentales), que se graban como el fuego y generan una mella en el intricado sistema emocional de las personas. Se genera lo que se denomina “resentimiento”.

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El resentimiento es una de las emociones más perniciosas que existen. Y más que una emoción, es un esquema mental, pues también almacena información sobre las personas: juicios de valor, suposiciones que se dan por ciertas, información añadida, etc. Todo ese esquema mental, que constituye el resentimiento, es como un cáncer en el sistema emocional, que, de forma perniciosa, también puede ir minando la salud física de las personas que lo padecen.

El resentimiento otorga de un poder de destrucción a la persona que lo provocó. Y es un poder de destrucción que no parte de esa persona, sino que parte de la persona que se siente resentida. Es parajódico!

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Analizando fríamente las consecuencias del resentimiento, podríamos advertir, que aunque es una emoción natural y lícita, es increíblemente absurda. Poniendo un símil físico, podríamos decir que es como si el cielo, con una de sus granizadas, hubiese destruido parte del tejado de tu vivienda, y como consecuencia de ello, estás tan malhumorado que te pones a abrir la brecha un poco más, lanzando pedradas en tu propio tejado.

Sí, ya sé, ya sé, dirán Uds. que es muy difícil ir a quejarse a las nubes por la granizada que han soltado, pero, si lo piensan un poco, tampoco se puede uno quejar a quien nos hirió en el corazón. No se le puede pedir una indemnización monetaria, para arreglar la brecha sentimental de un desengaño, de una decepción, porque, en parte, la culpa no es sólo de quien realiza la ofensa, sino de quien otorga la confianza. Es una cosa de dos. Y en asuntos de dos, es difícil repartir tortas

La solución más fácil, entonces, es la de quejarse amargamente por el destrozo, llorar inconsolablemente (aunque sea sin lágrimas). Hay quien lo deja pasar, pero hay quien vuelve a sentirse decepcionado por una eternidad, convirtiéndose en un auténtico resentido, y convirtiendo su existencia en un calvario para sí mismo y para todos los que le rodean. Si lo razonamos un poco, esta solución, no es la solución correcta.

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La solución correcta es dejar pasar la emoción de la ira cuanto antes, y ponerse manos a la obra con la reconstrucción. Suena fácil decirlo, pero no lo es, en absoluto, en la práctica. Luchar contra la emoción de la ira, del enfado, de la frustración requiere de algo muy básico, pero que no todo el mundo tiene, requiere de algo que se denomina “madurez”. No todos están dispuestos “a crecer” (no he dicho envejecer). No todos están dispuestos a cambiar los patrones básicos infantiles que nos permitían obtener lo que queríamos simplemente teniendo un berrinche, o poniéndonos tristes o de mal humor… La madurez requiere de darse cuenta de que el mundo de los adultos no funciona como el mundo de los niños, y requiere de la firme voluntad de echarse un pulso a uno mismo y ganar al niño malcriado que todos llevamos dentro!

Por ello, apliquemos el sencillo refrán de nuestras abuelas: las cosas hay que saber hacerlas bien, aunque cuesten un poco, porque si se hacen mal, se trabaja dos veces. Y es muy duro vivir con resentimiento, es como vivir con una mella en el corazón

La amistad verdadera

Hoy que es Sábado por la mañana, he estado evitando un par de veces ponerme al teclado del ordenador, y al final, ya ves, he sucumbido

Los Sábados por la mañana tienen para mí ya otra connotación. Es el momento en que solía ponerme a escribir, es el momento en que me dedicaba a volcar como un torrente todo lo que, horas atrás, había rellenado en mi mente: rememorando conversaciones, recordando historias, hilando experiencias con análisis de la sociedad en sí… y mil cosas más

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Y aunque sé que dejo en estos momentos cosas prioritarias, no puedo privarme de esto. Y sí, me proporciona placer el poder escribir, aunque piense, muchas veces que no va a ningún sitio, pero caray, ya no sólo es consecuencia de Terminar una Conducta fijada a base de la reiteración y de la rutina, sino porque en verdad es un goce, y no te sabría decir muy bien por qué lo es

Hoy iba a ponerme a escribir sobre la sexualidad y el concepto de la mujer, a raíz de un comentario soez que he recibido: “Ya te probaré”…. Pero esto mejor lo dejo para otro día, pues no quiero entrar en disquisiciones  en esta temática ya que me llevaría tiempo

En contraprestación y para mi bienestar he pensado en otro comentario que es el que te dije yo a ti: “eres lo mejor que hay en mi vida”. Y la verdad es que es así. Es así. Y mira que tengo muchas cosas buenas en mi vida (en esta vida terrenal que Dios nos ha dado). He pensado que para tener cosas buenas en la vida es necesario saber valorar su bondad y la bondad es un término subjetivo, la bondad lo es para cada uno. Y la bondad, mi querido amigo, se determina de un balance entre ingresos y gastos

Todo lo que tengo es verdad que tiene un coste, que es lo que menoscaba, un poco, el nivel de los ingresos. Yendo a cosas que tengo gracias a lo que percibo de otros, externa y gratuitamente, te voy a poner algunos ejemplos de balance positivo:

Ejemplo 1. Cuando leo los artículos de Barbeito, me doy cuenta de que siempre tengo ganancias, salvo cuando habla de necrológicas, por lo que leerle a él tiene un coste. Y entiendo que el dolor existe y bendito sea Dios si alguien con su talento puede hablar de esa forma de un tema tan triste, pero el significado sigue estando allí

Ejemplo 2. Valoro los días de sol, como nadie, y más aún si es en verano, pero esto me obliga a no salir en determinadas horas, ó me obliga a sudar como un cerdo y a perder líquidos

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Ejemplo 3. Valoro a mi gente, aunque por serlo, son míos sus problemas, y también ¡vaya! los problemas que, adicional y nominalmente, me dan…, y esto ya resta la felicidad que pueden ofrecerme

Por eso, cuando te veo, digo que eres lo mejor que hay en mi mundo, porque te veo sin coste. Porque la amistad que me ofreces está libre de problemas y porque no me pides más, aunque sé que, a veces, insistes. Es una relación en la que siempre gano, y la ganancia es toda neta, porque, y a pesar de todo, de tu concepto de lo que una mujer es, sigues respetándome a mí, al menos, como mujer y sobre todo como amiga

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En la cima de nuestro mundo

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El Pico más alto de España, el gigante Teide

El problema se les presentó de golpe, frente a frente en forma de guardia de seguridad apostado en el único camino que llevaba a la cima. “Sus pases” les dijo, y fue justamente en ese momento cuando se enteraron de que hacer cumbre era una cuestión limitada sólo a unos pocos. Esos “numerus clausus”, ese derecho o “privilegio a subir” sólo se obtenía con cierta antelación en una oficina situada allá abajo, muy lejos de aquél teleférico, en una oficina administrativa. Sus planes se habían desbaratado en una cuestión de segundos.

La amargura pronto se tornó en curiosidad. En la base del Teide, allí donde te deja el teleférico, habían construido diversos miradores. En uno de ellos se podía distinguir, a lo lejos, otro cráter, mucho más bajito, pero con mayor envergadura. Como dos buenos aventureros, se lanzaron ambos hacia la aventura de ver el cráter por dentro. Al fin y al cabo, era un objetivo que también se podía lograr.

La avidez de aventura es uno de los motores de la rueda del mundo

El mar de lava, que separaba a ambos volcanes, y que había sido generado por las diversas erupciones del Teide, se presentaba como un camino agreste, lleno de casi insalvables obstáculos en  forma de bombas volcánicas. Ambos se sometieron a una disciplinada marcha de obstáculos, donde cada piedra debía ser cuidadosamente subida y cuidadosamente bajada para no dejarse allí la piel.

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El teide y sus compis

 

El calor era sofocante, propio de las fechas estivales y de la hora, que se acercaba al mediodía. Sin embargo, ambos eran aventureros natos y nada ni nadie iba a detenerles en su empeño. Ella, en su pequeño bolso, había metido una camisa vaquera tres tallas más grandes, que conservaba en su armario para salidas por el campo. La puso allí, por si debía usarla al caer la tarde, a modo de chaquetilla cortavientos. Pensó que le vendría bien también para protegerse del Sol, pues  pronto sus rayos, ya empezaban a lamerle la piel que estaba expuesta. Sin embargo, él no llevaba más que el polo de manga corta, de algodón.

A medio camino del mar de aquel infierno de lava, el joven se notó indispuesto. Un golpe de calor y ninguna sombra donde poder refugiarse. Las últimas gotas de agua fueron para aliviar su sed en un intento de que se recuperara por sí mismo.

En sus ojos se dibujó un atisbo de esperanza

La soledad del lugar, la incomunicación, el Sol imparable, le hacían intuir una verdadera pesadilla si él no conseguía sobreponerse. La chica miraba a su alrededor y no veía más que un desierto vacío e inmenso de rocas enormes negras y sin vida. Ni un alma. En los ojos azules de su chico se dibujó un atisbo de esperanza. Quizás había sitio en sus ojos para la rehabilitación. Nada estaba perdido. Todo se reducía a una cuestión de descansar y sacar fuerzas de donde fuera.

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El mar de lava

En medio de aquél mar inhóspito de muerte, el mar de sus ojos venció. Y retomaron, asombrosamente, el camino.

Hicieron la cumbre volcánica del Pico Viejo, el padre del Teide, y volvieron a la base para intentar pasar la noche en el refugio, pues no había posibilidad de bajar en el teleférico, ya que, a esas horas, estaba cerrado. Con las piernas rotas por el esfuerzo, con el hambre que no se manifestaba más que por la debilidad, ella rompió a llorar mientras cargaba toda su ira contra él, que se había erigido como guía. No había caído en la cuenta de que aceptó de forma incondicional el viaje y que aceptó, sin saberlo, su parte de responsabilidad de cualquier consecuencia. Pero hablaban sus músculos doloridos, hablaba el miedo que había pasado, hablaba el hambre inexistente, pero patente en su falta de energía. Se caía de puro cansancio, pero su última gota de energía tenía que ser de lucha, de rabia, de infructuosa e injusta protesta contra aquél a quien más amaba.

 

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En el refugio encontraron a dos aventureros que compartieron con ellos, en un alarde de generosidad profunda y sincera, su escasísima cena. Era escasísima para dos, y mucho más lo era si se pensaba para cuatro. Se fueron a dormir y en las literas individuales, tapados con una manta, ambos se olvidaron mutuamente y se abandonaron a un sueño profundo y reparador. A las 05:00 a.m. los aventureros de la cena, junto con otros que habían llegado, se dispusieron a hacer la cumbre del Teide. El ruido de las mochilas y de los murmullos de la gente les despertó.  Y una pregunta susurrada al oído “¿quieres subir?”, despertó su curiosidad. Se sentía entera, capaz de caminar, con algo de hambre, que había hecho su aparición, pero de ninguna manera sería lastre de su necesidad y sed de aventura. Se calzó y fue siguiendo la hilera de caminantes del sendero. La frescura del día que no había despertado aún, y el viento que azotaba la montaña, le acabaron de despejar la mente. En el ascenso, las fumarolas de azufre anticipaban ya el cráter.

Una vez allí, en el pico más alto de España, el cráter no era muy distinto que el anterior, menor en extensión, pero había algo diferencial. En una de las laderas del Teide, se habían acumulado las nubes, formando un lecho inmenso de algodón. Todo empezaba a ser iluminado por el nuevo día, y el Sol les regaló el #amanecer más increíble que sus ojos habían visto hasta entonces. En la cima de España, retratados, nítidamente, en ese lecho, en forma de sombras unidas a la del gigante, se desdibujaron todas las penurias del viaje. Todo ese esfuerzo había merecido la pena

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Manifiesto de estabilidad emocional

Este es mi MANIFIESTO de salud emocional, y mi máxima de actuación:

“Me niego rotundamente a embrutecerme, a hacer caso de cuantas cosas (palabras, hechos) quieran envilecer mi alma, como consecuencia de mis reacciones ante ellas”

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Hubo un tiempo en que cualquier insinuación me habría hecho levantarme del asiento para iniciar una sangría, para lanzarme directa a la yugular y conseguir pulverizar a mis adversarios. Cualquier tiempo pasado fue peor

Ahora entiendo que, con cada reacción negativa, mi alma cambia un poquito a peor. Mi humor se amarga, y mis pensamientos se llenan de ira, y de cólera y esto me enferma poco a poco, como si fuera un cáncer en mis emociones

Y he decidido desterrar de mi vida todo aquello que me hace mal. No respondo a insinuaciones soeces, porque embrutecerían mi pensamiento acercándome un poco a aquellos que así las emiten. No respondo a hechos que no afectan a mi integridad. No lo hago porque he decidido que ante cualquier ataque físico es mejor llevar una adecuada protección, y por eso me protejo de todo aquel que quiera herirme de algún modo, y mi protección no se basa en el ataque sino en la prevención

Si yo atacara a quien pretende hacerme daño, machacaría al contrario, lo pulverizaría con la fuerza de la razón, con la fuerza de mi cuerpo, con la fuerza de la palabra, pero, con todo esto, estaría más cerca de quien osara intentarlo, y no quiero parecerme ni lo más mínimo a gente que hace daño… bastante tienen con ser así

 

Pero, ¿qué es lo que les lleva a otros a actuar dañando a sus semejantes, si con esto se vuelven más viles, más miserables?

En primer lugar, muchas personas no relacionan el estado de frustración, de infelicidad, de desequilibrio emocional, con sus propias actuaciones. No tienen esa capacidad de autoanálisis, lo que se conoce como autocrítica, y les echan la culpa a “otros”, y, por otro lado, y esto está en la base del psicoanálisis, se sabe que las personas tienen aversión a la auto-inculpación, por lo que tienen actitudes de evitación, de racionalización, de negación…

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En segundo lugar, las creencias que llevan a cometer este tipo de actos, son creencias primarias, y éstas se han hecho ya inconscientes: forman parte de la intimidad del sistema de valores de la persona, son sus “debo, puedo, tengo” más básicos que les obligan a actuar de la forma en que lo hacen. Es decir, la base de las conductas desadaptadas de las personas reside en su sistema de creencias. Éstas, las creencias, son las que “les obligan” a hacer las cosas que hacen

Pero, ¿cómo se sabe si la actuación es adecuada ó no?

Es fácil, el sistema de emociones de la persona es el que da el aviso. Si la actuación deja un estado de bienestar, de emociones positivas, es que es una actuación buena. Si deja un rastro de emociones de ansiedad, es que no ha sido una buena actuación. Y son precisamente esas emociones negativas las que enferman la mente de las personas

Si el sistema de emociones innato no ha sido transformado, como para convertir a la persona en un autómata, frío y sin sentimientos, en un psicópata, es perfectamente válido para determinar la bondad de las actuaciones.

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Sin embargo, el sistema de emociones innato también puede transformarse, y la persona, de este modo, puede evitar esas “malas sensaciones” que tiene cuando no hace lo adecuado, lo correcto. En ese caso, surge la psicopatía, porque la persona es capaz de justificar sus malas actuaciones sin tener el más mínimo signo de malestar que le avise de que lo que está haciendo está mal…

“Aléjate de las personas psicópatas, porque, de ellas, cualquier cosa se puede esperar”

Lo primero de todo: vigila tus metas

Se dice que las personas actúan de forma adecuada cuando esas actuaciones están de acuerdo con la meta que se persigue. Si la meta es lícita, y el estado psicológico es adecuado, las metas se consiguen.

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Hay ocasiones en que el estado psicológico no es el adecuado. Es ese estado lo que impide conseguir la meta. En estas ocasiones, son las creencias de la persona las que les llevan a actuar de forma contraria a la meta que se persigue, y como consecuencia se produce un estado de ansiedad y desasosiego. El alma se llena de amargura y soledad por la frustración que conlleva no conseguir aquello que se persigue, y esto puede llevar a que el individuo actúe de forma conflictiva, para sí mismo ó para el entorno

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Es evidente que el caso en que la meta es ilícita, conlleva malas actuaciones para la persona (y para su entorno), por definición. En este caso, es el propio individuo el que conoce cuáles son sus metas, y reconoce de antemano, que son, por sí mismas reprobables, por lo que el estado de ansiedad se produce incluso antes de haber realizado ninguna actuación

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Lo segundo: analiza cómo interpretas el entorno

Cada persona es un mundo. El afrontamiento que realizamos las personas ante una misma situación es diferente en cada individuo y depende de las condiciones del entorno.

Por ello, no es lo mismo la interpretación que realiza cada individuo de los datos que recibe, como tampoco lo es la manera en que los capta, lo que denominamos “atención”, ni tampoco es la misma manera en que reacciona, debido a que posee un aprendizaje previo diferente

Y volvemos al sistema de creencias: La interpretación de los acontecimientos del entorno viene dada por el sistema de creencias del individuo. Y en este aspecto, es importante conocer si las creencias están restringidas a un ámbito categórico absoluto, ó a un ámbito relativo.

Pongamos un ejemplo:
El chaval que ha suspendido las mates y se dice a sí mismo: “soy tonto” en lugar de decir “no se me dan tan bien las mates como la filosofía”
Ante la primera creencia poco se puede hacer y a la larga se produce lo que en Psicología se denomina “profecía autocumplida”, y ese alumno no aprobará más esa asignatura.
Sin embargo, ante la segunda creencia, sí se puede tener una actuación que arregle las cosas: “estudiaré más” ó “me esforzaré más”

Otro ejemplo:
El adulto obeso que ante una tarta de chocolate dice “tengo que probarla, tiene una pinta de estar riquísima, no debo, pero no puedo remediarlo” y pone la justificación, “además será sólo un poquito, es que tengo hambre, y me lo he ganado”
El “me lo he ganado” es una creencia absoluta difícil de modificar. Ese adulto siempre será obeso.
Sin embargo, si el sistema de creencias es otro más relativo sí se pueden cambiar las cosas.
“esa tarta tiene buena pinta, pero tiene tanto azúcar y tanta nata que me va a engordar muchísimo. Mejor me como un bombón de chocolate negro, ó un plátano, ó una galleta con el té, pues también tengo sed”
Aquí el sistema de creencias es más flexible y ya presenta una actuación adecuada.

Otro ejemplo:
La niña a la que se le hace bulling es víctima de las creencias absolutas de sus compañeras…
Desde la perspectiva de la niña: es inducida a pensar “soy un bicho raro, nadie me quiere…y por eso, me aislo”, en lugar de pensar “estas niñas parece que se meten conmigo más de la cuenta…voy a comentárselo a mis padres y profesores. Si no hay remedio, haré lo necesario para alejarme de esas niñas, incluso cambiaré de colegio porque no quiero estar con alguien que se comporta de esa manera”
Si esta niña reaccionara con violencia, devolviéndoles lo recibido, pagando con la misma moneda, estaría aprendiendo (por aprendizaje vicario) una mala conducta, aprendería a ser acosadora y podría llegar a acosar en un futuro. Es decir, se habría convertido en lo que son esas niñas que la acosan.

Desde la perspectiva de las niñas que la acosan: “esa niña es una petarda, gordita y fea, y llorona. Además saca buenas notas, es una asquerosa empollona. Se merece que le tratemos con desprecio” En lugar de “esa niña saca mejores notas que nosotras, hay que esforzarse más para superarla…y si no se puede, siempre hay niñas mejores y peores que nosotras”
En el primer caso, la creencia genera malestar entre las acosadoras. Les genera ansiedad y reaccionan acosándola. También genera malestar la propia actuación de denigrar y acosar a la otra niña (las niñas malas se vuelven aún más viles), pero genera malestar hasta que se justifica con un “se lo merece…”, que es justamente cuando las niñas acosadoras se deshumanizan y empiezan a demostrar una patología psicológica

En definitiva, es justamente el sistema de creencias el que provoca la conducta desadaptada y es justamente a través de él como se puede llegar a revertir la situación.

Con “sistema de creencias” también se me ocurre un último ejemplo ilustrativo muy a cuento de la Semana Santa. “La creencia en un Dios bueno que perdona los pecados a quien se arrepiente no es absoluta”. Es decir, no basta con decir “lo siento, he pecado, he hecho mal” y decirlo una vez (al día) y sentirse redimido de toda culpa. El cambio debe ser sincero, sino, flaco favor haría a quien no peca y menudo Dios sería, que tan fácil sería el engañarlo: un Dios que de tan bueno, es tonto,… sería un Dios en el que nadie podría creer.

Cualquier cambio en las creencias debe ser profundo, sino, no es posible el cambio en la conducta.

Y cuanto más rígida quiera ser la razón, más fácil será volver a caer en conductas desadaptadas, mayor será el malestar emocional que acarreen, y peores serán las consecuencias percibidas, lo que conllevará a un endurecimiento/recrudecimiento en la interpretación de los hechos, y lo que vuelve a implicar una mayor probabilidad de cometer conductas desadaptadas… etc, esto nos adentra en un círculo vicioso del que sólo se puede salir manteniendo unas posiciones flexibles en nuestro modo de pensar

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Sé agua…

En definitiva, la flexibilidad de nuestro sistema de creencias ha de ir encaminada no a la muda de un valor por otro, sino a una relativización de la forma en que interpretamos los acontecimientos que nos suceden para poder así actuar de forma adecuada a nuestros intereses, que no son otros que los de mantener un estado de bienestar emocional, y por ende, ser felices

Por eso, aquella máxima de Bruce Lee, que ya fue sacada de los libros de filosofía más antiguos es perfectamente válida

“Sé como el agua, amigo mío, sé como el agua: que los acontecimientos fluyan por ti superficialmente”

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Y por otro lado, el modo de actuación debe ir encaminado a la eficacia en los hechos, a propiciar el cambio de un sistema de creencias rígido, a un sistema que permita una interpretación más adecuada y flexible de los acontecimientos. Es decir, interpretar el hecho y no interpretar (descalificando) a las personas

“Actúa sobre los hechos para cambiar las situaciones de la vida, no actúes juzgando a las personas. La descalificación no es válida, salvo si es resultado de un análisis clínico… y hay pocos doctores de la vida”

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Todos estos conceptos, que son tan cotidianos, tan cercanos, tan del día a día, que han sido analizados y descritos desde tiempos muy antiguos, son los que se recogen en las técnicas de Terapia Racional-Emocional-Conductual (TREC), que allá por mediados del s. XX, un tal Albert Ellis desarrolló. Son técnicas encaminadas al cambio en el sistema de creencias de las personas que caen una y otra vez en conductas desadaptadas y que poseen un alto grado de ansiedad y escaso equilibrio emocional, pero esto es otra larga historia… que ya me está apasionando estudiar 😀 !

Feliz Navidad y Próspero Año 2015

FelizNavidad2014

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